Espacios para pensar (I). Goethe en Weimar

En 1775, Goethe huye de Frankfurt y se instala en Weimar invitado por el duque Carlos Augusto. Goethe huye: se escapa dejando atrás su intento de abrir un despacho de abogados y rompiendo su compromiso matrimonial con Lili Schönemann. Goethe inicia así un nuevo camino. Convertido en el favorito del duque, contradice las formas sociales, critica la etiqueta cortesana y pone de moda el traje de Werther, cuya novela epistolar, escrita el año anterior, era causa de auténtico furor en Alemania.
Inmediatamente, Goethe deja a un lado todas estas diversiones y se entrega a la tarea política. En cierto modo desilusionado con el poco éxito de su actividad ministerial en Weimar, Goethe viaja a Italia y, a su vuelta, se desliga de todas aquellas obligaciones para imbuirse en una carrera literaria sin parangón. "Conversaciones de emigrados alemanes", "Hermann y Dorotea" y los comienzos de "Wilhelm Meister" y "Fausto", son algunas de sus obras maestras concebidas en Weimar, donde encontrará definitivamente su estabilidad hasta sus últimos días.
Goethe se refugia a su modo. Como lo hizo Werther antes de dar comienzo a su tragedia: ʽHace mucho tiempo que conoces mi modo de alojarmeʼ, escribe Werther a su amigo Wilhelm, ʽmi costumbre de hacerme una cabaña en cualquier punto solitarioʼ. El lugar elegido es la aldea de Wahlheim, situada al pie de una colina. ʽCuando, saliendo de la aldeaʼ, continúa Werther, ʽse sigue la vereda de una loma, llega a descubrirse todo el valle de una ojeadaʼ. La vida contemplativa es exaltada, no como hoy, que se desprecia por la supuesta superioridad de una vida entregada al trabajo y la producción obsesivos.
La aldea donde pasea Werther contiene dos rasgos esenciales que permiten dar forma a la huida y a la contemplación: la tranquilidad y el ocultamiento del mundo. Por eso recalca el encuentro ininterrumpido entre pueblo y naturaleza: ʽLo que más me encanta son dos tilos que dan sombra con su amplio ramaje a una plazoleta que hay delante de la iglesia, rodeada de casas rústicas, de cortijos y de chozas. Conozco pocos parajes tan ocultos y tranquilosʼ.



Ya casi en la recta final de la vida de Goethe, el 22 de marzo de 1824, Eckermann, en sus "Conversaciones", narra su visita al jardín del maestro en Weimar. El jardín parece un oasis en medio de la ciudad: ʽcuando uno mira a su alrededorʼ, escribe Eckermann, ʽen ningún sitio verá sobresalir un edificio o una torre que pueda recordarle la proximidad urbanaʼ. La ʽpaz de una soledad profunda en plena naturalezaʼ en la que uno parece instalado, se antoja requisito inexcusable para la actividad intelectual, para la introspección, para el cultivo interior; en definitiva, para el pensar acorde la belleza que emanan los jardines, como ha señalado últimamente Byung-Chul Han: ʽPensar es agradecer. La filosofía no es otra cosa que amor a lo bello y bueno. El jardín es el bien más bello, la belleza suprema, «to kalon»ʼ.
Echermann sigue contando su experiencia con Goethe. Paseando por un sendero arenoso del jardín, ambos alcanzan la casa y refugio, cuya fachada se encuentra ʽcompletamente cubierta de rosalesʼ —inevitablemente pensamos en la Casa de las Rosas que describe Stifter en "Verano tardío", esa novela que no cesaremos ni un momento de recomendar y señalar como una de las cumbres de la prosa en lengua alemana.
En el interior de la casa hay una estancia cuyas paredes muestran colgados mapas y grabados. En el piso de arriba hay tres pequeñas habitaciones y un gabinete de estudio. Sobre este último, Goethe confiesa a Eckermann cómo, en años anteriores, ʽhabía pasado mucho tiempo viviendo aquí felizmente y que había podido trabajar con mucha tranquilidadʼ. El gabinete de la casa del jardín es el espacio para pensar, el refugio donde gobierna el silencio, la estancia anhelada en la que uno hace suyas las palabras de Werther: ʽLa soledad de este paraíso es un precioso bálsamo para mi almaʼ. Hoy, sabemos, las almas andan contaminadas, y las soledades quedan arrinconadas cada vez más por el estrépito de la modernidad, que nadie sabe lo que es, ni las consecuencias plenas que conlleva, pero todos la alaban.

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