Historia y leyendas rosas


Si el historiador profesional, como indicaba E. H. Carr, es, por naturaleza, selectivo a la hora de hacer acopio de datos, podremos imaginar hasta qué grado de selección interesada llegará el aficionado y todo aquel que desconozca la metodología propia con que se investiga el pasado. Ahora el gran público parece otorgar mayor credibilidad a la divulgación en redes sociales (o a las mediáticas publicaciones que suscriben aficionados o periodistas) que al trabajo bien hecho de un historiador profesional. Podríamos argüir que la falta de criterio general o la escasa capacidad crítica de la que tan desvergonzadamente se presume hoy en día sin el menor rubor, son, fuera de dudas, dos de las causas que llevan a ello. A partir de ahí, el revisionismo siempre buscará el efectismo, el aplauso fácil arrancado por parte de un discurso simplista y sentimental.

Alejandro García Sanjuán, doctor en Historia Medieval y especialista en historia andalusí, no se anda por las ramas a la hora de desenmascarar esta permanente distorsión del pasado. Al respecto, escribe:

«La elaboración del conocimiento histórico es una tarea científica especializada […]. La tarea del historiador profesional tiene tres dimensiones: la elaboración del conocimiento histórico, su transmisión a la sociedad y su preservación, en particular respecto a todo intento de tergiversación y manipulación, cualquiera que sea su procedencia». Y añade: «La preservación del conocimiento histórico impone la refutación de toda clase de revisionismo. […] A la obligación de preservar el conocimiento histórico se añade la de señalar a los ventajistas y tramposos que no dudan en fomentar mitos con el fin de medrar, obtener prebendas, satisfacer egos desmedidos o defender determinados proyectos ideológicos» (La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado, 2013).

En relación con esto, tenemos el acto (diríamos, con mayor acierto, ʽauto de feʼ) celebrado el pasado fin de semana en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. A él, se decía, acudían los ʽmayores especialistasʼ en Historia, ponentes de ʽaltísimo nivelʼ. Si la tergiversación del pasado es una especialidad, entonces, desde luego que asistimos a un relato especializado en la falta de rigor, sesgado y, para más inri, contaminado por el mitin político al que se entregó la plana mayor que inauguró el acto. La verdad es que, toda esta farsa, a nada que se preste atención, sólo puede explicarse desde una intencionalidad política donde, además, los complejos colectivos e individuales juegan un importante y patético papel. Este montaje vergonzante y revisionista, desde el cual se pretende justificar una supuesta reelaboración crítica del relato histórico, se viste, como siempre, con traje reaccionario: es patente el odio a lo anglosajón, el odio a lo afrancesado, el odio al protestantismo y a todo lo que en el pasado confrontó con los fundamentos del Concilio de Trento. El resquemor hacia ʽlo otroʼ es inherente a cualquier revisionismo de corte histórico. Porque, ¿alguien duda que toda esta puesta en escena, armada de nostalgia imperial y rosácea en su discurso, no tenga más pretensión que combatir el delirio nacionalista catalán desde una óptica igualmente nacionalista y delirante? El orgullo patriotero o amor por las ʽgestasʼ pretéritas, como advirtió E. H. Carr, pueden convertirse con suma facilidad «en manifestación de una añoranza romántica de hombres y sociedades que ya pasaron» (¿Qué es la Historia?, 1961). Y ello, como todos sabemos, suele tener nefastas consecuencias que desde luego no conducen a ningún mejor conocimiento del pasado.

Glorificar el pasado imperial conlleva exaltar ánimos (inyectar un ʽchute de autoestimaʼ, dicen) y enredar torticeramente más aún las posibles resoluciones a los problemas de nuestro tiempo. Por eso, para terminar, vamos a recurrir a alguien que no fue historiador, pero sí un ensayista con un conocimiento del pasado y una capacidad crítica encomiables: Rafael Sánchez Ferlosio. Años atrás, habló ya de centenarios y efemérides con motivo de la llegada de Cristóbal Colón a lo que luego se llamaría América. Y entre sus cientos de páginas, escribió lo siguiente:

«¿Adónde hemos llegado para que otra vez vengan a decirles a los españoles, con la misma engolada voz de antaño, cómo están hechos, o más bien cómo deben creer que están hechos, a qué estantiguas tienen que seguir dirigiendo sus plegarias, en qué fantasmas tiene que seguir cifrándose su orgullo?»

«América jamás entró en la historia; América fue entrada por la historia ‒entrada a sangre y fuego, a saco y a degüello, que es la única forma de entrar que se le ha visto desde siempre a la historia universal‒, metida en la historia a viva fuerza de armas, donde no totalmente destruida».

«Toda conmemoración es, por naturaleza, apologética y, consiguientemente, no neutral, ni mucho menos crítica. Conmemorar una cosa comporta aprobarla y hasta glorificarla, y por añadidura que los conmemorantes se identifiquen con los conmemorados por una especie de mística vía transhistórica. […] El Imperio español no sólo vuelve a ser exonerado de toda sospecha crítica maligna, sino glorificado sin reservas como epopeya de la Historia Universal bajo las formas aún más bárbaras, más incultas, más actualizadamente regresivas y, en fin, de incalculablemente multiplicado poder y prepotencia, propias de la actual configuración publicitaria de la sediciente cultura “mediática” y aún del mundo mismo».

«Entre la vasta fauna de los apologetas de la grandeza histórica tampoco faltan quienes conceden, con solícita pero no solicitada generosidad, que ciertamente hubo grandes abusos, donde ya el mero empleo de la palabra “abuso” comporta un apartar a un lado lo que hubo de sobrante innecesario en el esfuerzo, lo que éste tuvo de excesivo; pero en el reconocimiento de algo que sobró se refrenda la necesidad de todo lo restante; en la condena de la parte correspondiente del abuso se absuelve, legitima y santifica la contraparte implícitamente aludida como “uso” de cuya justa y plausible medida sobresalga».

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