Libros, Historia: apuntes sobre historiografía


Es lógico que los postulados históricos más burdos, con la intención no de ampliar conocimientos, sino de exaltar ánimos y hacer patria, suelan ir armados de unas pautas extremadamente sencillas y maniqueas. Y sin embargo, justo por ello, estas tesis pueden llegar a ser las más aplaudidas y las más costosas de derribar (incluso en ciertos ámbitos académicos). Por eso, si realmente queremos que la Historia sea explicada con rigor y método, los historiadores profesionales, habrán de seguir escribiendo obras divulgativas. Si no, la Historia la redactarán periodistas y aficionados de todo tipo con las nefastas consecuencias que todos conocemos.
Leyendo el recién publicado libro de Brian A. Catlos, Reinos de Fe. Una nueva historia de la España musulmana (Pasado&Presente), encontramos una extraordinaria desarticulación de algunos mitos asumidos por el gran público y la historiografía española hasta no hace mucho tiempo: Covadonga, el Cid, el “descubrimiento” del sepulcro de Santiago en Galicia, la “reconquista” y el programa ideológico de los monarcas astur-leoneses… Al respecto de esto último, Catlos dice lo siguiente: «Santiago Matamoros fue adoptado como el protector de los emperadores de León, el título que adoptaron los reyes de Asturias y con el que apoyaron la reivindicación según la cual eran los herederos de los derrotados reyes visigodos y, por tanto, los gobernantes por derecho de toda la Península. La narrativa que crearon, la de una España eternamente unida, derrotada por musulmanes extranjeros, pero luego gloriosamente reclamada a través de un proceso de cruzada y reconquista, no es menos falsa que las leyendas de Clavijo, Santiago o Pelayo. Sin embargo», y esto es lo importante, «debido a su dramática sencillez y a su mensaje de autoafirmación, ha ejercido un atractivo increíble tanto en España como fuera de ella» (139-140).
La simplificación del relato histórico tiene mucho que ver, qué duda cabe, con el empleo de determinado lenguaje. Martín F. Ríos Saloma, uno de los mayores estudiosos de la “reconquista” como construcción historiográfica, apoyó su trabajo en un postulado teórico y metodológico tan importante como este, recalcando que todo texto histórico es un discurso con sus propias reglas de composición y «elaborado desde un lugar de producción ‒un contexto histórico, social y cultural‒ específico». De este modo, el lenguaje reflejaría «no sólo la forma de pensar de una sociedad, sino también los cambios ‒históricos, sociales y culturales‒ operados en una sociedad determinada a lo largo del tiempo» (2011, 34). De ahí la importancia de, por un lado, ser escépticos a la hora de abordar cualquier fuente y, por otro, ser críticos con determinados conceptos y esquemas asumidos. El término “reconquista”, ausente en las crónicas altomedievales hispanas, dotado de sentido polisémico, y, finalmente, moldeado por significados patrióticos («y es que no puede ser de otra forma», escribe Ríos Saloma, «porque se uso se potenció con esa intencionalidad, en tanto que con él se pretendía englobar los distintos factores que conformaron las realidades históricas del enfrentamiento entre los reinos hispano-cristianos y Al-Ándalus» [331]), hace, por ello mismo, que sea más que discutible su uso en el ámbito académico y en cualquier relato histórico con pretendido rigor.
Brian A. Catlos, en la introducción a su estupenda obra, pone otro ejemplo clarísimo respecto al sinsentido de aplicar sistemáticamente determinados conceptos o nombres: la palabra “moro” serviría así para desmontar una falacia largamente extendida en nuestro imaginario, la de una división clarísima y permanente entre distintos grupos humanos, cristianos “europeos” y musulmanes provenientes todos del norte de África: «El problema de utilizar “moro” o “morisco” para referirse a los musulmanes de la España medieval», argumenta, «es que implica que estos eran extranjeros y étnicamente diferentes de la población nativa. La realidad es que los musulmanes extranjeros que llegaron a la península Ibérica fueron relativamente escasos. Al-Ándalus se islamizó a través de la conversión, y la inmensa mayoría de los conversos eran autóctonos: no eran ni más extranjeros ni menos europeos que los cristianos de España» (25).
Lo mismo que el uso de un lenguaje particular responde a un entramado ideológico y cultural por el que podemos simplificar al máximo hechos históricos de gran complejidad y matices (no hay, de hecho, ningún proceso histórico simple y explicable desde premisas maniqueas), la plasmación gráfica de esos episodios históricos puede derivar en otra reducción igualmente burda. De hecho, hace ya unos años, el reconocido historiador Eduardo Manzano (que prologa, además, el citado libro de Catlos), alertó sobre el auge cada vez mayor del “capitalismo audiovisual”. Los cómics o las películas, escribió, «han venido a convertirse en soportes especialmente aptos para plasmar las glorias del pasado nacional». Lo que estos soportes tienen de accesible, continúa, lo tienen también «de torpeza en su plasmación: la imagen es siempre una reducción de la realidad que para ser comprendida precisa de una concreción a veces exasperante. [...] La obsesión de la historiografía nacionalista por hacer explícito su mensaje —por hacer que su audiencia “vea algo” en el pozo sin fondo del pasado— hacen que la imagen, o en su encarnación más depurada, el símbolo, se conviertan en elementos primordiales de su discurso. [...] El propósito final de la historiografía de este signo no estriba tanto en ofrecer una explicación del pasado, como en convertir dicho pasado en un referente simbólico y visual. La dificultad de hacer visible el discurso dota a éste de un mayor impacto, pero al tiempo lo simplifica. La dificultad de la imagen para narrar implica la necesidad de subrayar ciertos elementos desproveyéndoles de complejidad. El énfasis sustituye al contenido» (2000, 42-43).
Los nuevos formatos esquemáticos para divulgar la historia pueden tener cierto interés sólo en casos muy concretos, pero no, desde luego, para conocer de forma seria y rigurosa los procesos históricos y toda su complejidad inherente. De ahí que la nueva historiografía nacionalista (renovada en estos últimos tiempos por aficionados jaleados en redes sociales, revistas divulgativas sin filtro alguno y en ciertos medios de comunicación que buscan sensacionalismo e historia a la carta) se escude en este “capitalismo audiovisual” para tergiversar y mantener arcaicas visiones fundadas en las más «insignes patochadas dictadas por el afán del oportunismo», para decirlo con las palabras que emplea Eduardo Manzano en el prólogo al libro de Catlos (11).

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