"Imperiofilia": desmontando a Roca Barea


Es sabido que en épocas de crisis la tergiversación histórica cumple un papel esencial para sostener distintas corrientes ideológicas de corte populista. El libro de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, 2016), ha sido, con diferencia, uno de los últimos ejemplos más populares de adulteración del relato histórico. Cuesta entender que una editorial como Siruela, prestigiosa, seria, de referencia, haya publicado un libelo populista como el de Roca Barea; aún peor, preocupa sobremanera que sea un fenómeno de ventas y haya despertado el entusiasmo de gente presuntamente culta, informada y crítica. ¿Acaso es elogiable un libro de historia donde, como escribe la propia autora, «se trata en gran medida de creencias y opiniones» [51]? ¿Qué excelencia, rigor y base científica podremos certificar en un texto que parte de semejante confesión?

Afortunadamente, ha habido algunos comentarios críticos con las tesis defendidas por la autora, como los del Doctor en Historia de América Esteban MiraCaballos, o el profesor de la Universidad de Chicago Miguel Martínez, que en Revista Contexto escribió lo siguiente: «Imperiofobia tendrá sin duda una mínima repercusión en el ámbito de la historia académica. Pero es urgente desmontar sus argumentos pseudohistóricos también en el terreno del discurso público, porque el libro lleva un año proporcionando munición ideológica al nacionalismo más autocomplaciente y reaccionario. La apertura y democratización del saber histórico debería ser exactamente lo contrario de este enroque imperial en las ruinas intelectuales del nacionalcatolicismo».

Sin embargo, la respuesta más contundente acaba de ser hecha pública por el catedrático de la Universidad Complutense José Luis Villacañas: Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Otra historia del imperio español (Lengua de Trapo, 2019). Un libro donde el propio autor declara, y es de agradecer, su deseo de «escribir historia escéptica» para ««sentirse libre del pasado» (260). Justo lo contrario del modo de proceder de Roca Barea.

Publicado la semana pasada, nos hemos leído de cabo a rabo el libro del profesor Villacañas. Por ello, realizamos a continuación un breve comentario sobre algunos de los datos más reseñables que el autor expone en su brillante réplica a las insostenibles afirmaciones de Roca Barea.

El punto de partida que Villacañas expone en su libro parece claro: Imperiofobia «pretende ser por encima de todo la defensa de la forma política "imperio"» (24), y para ello, la autora se interesa, sobretodo, en «extender la idea de que un actor histórico que va en nuestras venas, al que llama el imperio español, siempre hizo lo debido y lo correcto y que nosotros deberíamos sentirnos orgullosos y enaltecidos por ello» (48). Bajo este chute de autoestima que Roca Barea pretende inyectarnos se esconde, en realidad, una descarada proclama nacionalista y un odio infame a todo aquello que venga ligado al protestantismo y a los pueblos del norte de Europa: Francia, Alemania y, por encima de todos, Inglaterra, la pérfida Albión. De esta manera, presenciamos de nuevo la resurrección de la terca y rancia propaganda franquista: Roca Barea apunta directamente al Humanismo y la Reforma del quinientos, a los ilustrados del siglo XVIII y a los liberales del XIX, un caldo de ideas que, posiblemente, constituyan lo mejor que ha dado Europa en toda su historia y a las que, con mayor aplomo y estulticia, se ha opuesto en nuestro país la ofensiva reaccionaria de todos los tiempos, hoy, desgraciadamente, tratando de escribir un capítulo más.

Imperiofobia no sólo es un libro que sonrojaría a cualquiera por su defensa de ideas reaccionarias acorde a los peores populismos de nuestro tiempo. Descuella también por su pésima calidad literaria (insistimos en el patinazo cualitativo de una editorial como Siruela) y, lo que es peor, por el desastroso conocimiento del pasado histórico donde anacronismos, contradicciones y datos erróneos surcan sus páginas sin el más mínimo sentido de la vergüenza. Baste un ejemplo: Roca Barea afirma que «no hay en esencia diferencia apreciable entre la imperiofobia y el antisemitismo o cualquier otra forma de racismo» [120]. Al respecto, Villacañas expone no sin cierta dosis de humor: «Con asombro descubrimos que quienes cuestionamos los imperios, siguiendo la estela de los argumentos de Filón de Alejandría en sus polémicas con el emperador Calígula, de Isaac Abravanel en sus críticas a Fernando el Católico, de Spinoza contra Hobbes, de Franz Rosenzweig contra el Segundo Reich alemán, estamos condenados a ser antisemitas, suponemos que tanto como lo fueron el propio Filón, Abravanel, Spinoza o Rosenzweig» (34).

Donde con más obstinación se empeña Roca Barea en darnos lecciones es en lo que atañe a su obsesión con la leyenda negra, tema de actualidad que ha rebrotado con fuerza en los últimos años. Desde el victimismo más palpable, el término "negrolegendario" se arroja con frivolidad y sentido peyorativo contra quienes aplican un análisis crítico, racional y riguroso de nuestro pasado. Villacañas es claro al respecto: «Cada ciudadano es libre de llevar la autocrítica hasta donde estime oportuno y desde luego tiene derecho a reclamar que no se le haga por eso formar parte de ningún síndrome imperiofóbico o de ningún complejo de inferioridad que rueda por la humanidad desde hace milenios» (77). Pero se ve que a Roca Barea y la pléyade de discípulos surgidos en torno a Imperiofobia (curiosamente ninguno de ellos historiador reconocido; y no pocos, para más inri, directamente vinculados, ¡oh, casualidad!, a partidos políticos de derecha), sólo les preocupa regañar por antipatrióticos a quienes, desde los presupuestos historiográficos más serios y trabajados, tratan de conocer la historia prescindiendo de emociones e inútiles orgullos que nada aportan al debate ni, mucho menos, dan respuesta a interrogantes realmente necesarios para comprender el pasado.

Como el rigor no le interesa, Roca Barea no tiene empacho en hacer afirmaciones insostenibles que cualquier historiador serio se ahorraría, como la sempiterna monserga de que las Indias no fueron colonias: habría que preguntarle, con Villacañas, qué fueron entonces «una dominación que sometía a ingentes poblaciones subalternas, una destrucción de formas de vida autóctonas, una aculturación general, una prohibición de comercio libre, una extracción masiva de materias primas, etcétera» (174). Pero claro, al parecer todo en la conquista americana fueron universidades y leyes de protección hacia los nativos, olvidando que, como recuerda Villacañas, «la implantación de la civilización hispana fue un trauma poblacional» (183).

En esta lucha de Roca Barea por "desmontar" la leyenda negra antiespañola, resulta sorprendente (una vez más, pues todo en Imperiofobia sorprende por su discurso altanero y disparates de todo tipo) la empatía tan extrema con mentalidades de hace siglos; no en vano, parece defender, por ejemplo, «la detestable causa de aquellos soberanos autocráticos», como dice Villacañas, que tanto empeño pusieron en «ganar tanta tierra, pueblos y fisco como pudieran, para la gloria exclusiva de una familia» (109). Cuesta entender que la autora manifieste tanto entusiasmo por «entregarse a los viejos combates del pasado», continúa Villacañas «[...] mantener vivo su sentido, sus conflictos y sus derrotas, [...] verlos como esenciales y necesarios» (260-261). De ahí, quizá, la obstinación de Roca Barea de recurrir constantemente al tu quoque a la hora de medir las víctimas de uno u otro imperio, de una u otra confesión. Su forma de luchar contra la leyenda negra, escribe Villacañas, consiste en «saber quién mató más» (111), un truco facilón que nada aporta al debate historiográfico y que Roca Barea expone con sobrada simpleza en afirmaciones como estas: «la reina Isabel [de Inglaterra] provocó ella sola más muertes que la Inquisición en toda su historia» [208-209]. Pero a la hora de contabilizar muertos, la autora se olvida de algo primordial. «Lo más importante de la Inquisición y lo más terrible de su obra», argumenta Villacañas, « no fue la cantidad de muertos que produjo, sino la herencia que dejó entre los vivos» (147). Algo que no parece importar a Roca Barea, empeñada en lanzar cifras cuyas fuentes, además, son más que de dudosa credibilidad. Al final, lo único importante en esta nueva guerra de muertos contra el protestantismo y lo anglosajón reside en que nada parece haber hecho el imperio español que no hicieran peor sus enemigos: un reclamo vacuo, sin duda, pero eficaz, para todo el entusiasmo nacionalista que hoy vuelve a ondear banderas y entonar himnos como si en ello le fuera la vida. Blas de Lezo, el imperio carolino, la Grande y Felicísima Armada, Felipe II, el catolicismo y su resistencia frente a Lutero, Hernán Cortés... Todo grandes nombres, todo gestas y héroes, todo gloria y honor, todo orgullo y patria, lo único que parece interesar a Roca Barea con el fin de, como ella misma dice sin rubor, comprender «qué glorias alcanzaron los antepasados y cuán lejos estamos ahora de ellas» [216]. Villacañas, con toda razón, apunta: «sinceramente, cuánto más lejos estoy de esas glorias, mejor me siento» (113).

Para ir terminando, diremos que la obcecación de Roca Barea y otros autores ligados a ella (que no han sabido sino imitar su mal estilo y lo peor de la ciencia histórica) por presentar a España como víctima mayor de otros imperios del pasado tiene, no podría ser menos, una finalidad muy clara en los tiempos que corren. No pocos han sido ya quienes lo han advertido, y Villacañas lo corrobora: «vender muchos libros dando carnaza a todos los talentos españoles necesitados de llorar juntos por las injusticias que han cometido con nosotros como pueblo. [...] Roca Barea no parece darse cuenta [...] de que quejarse amargamente de la existencia de la leyenda negra y sentirse odiado por buena parte de los pueblos europeos, es una de las más estúpidas y estériles características del nacionalismo español. En realidad, es tan estéril como eso de fundar una marca España. Como si los seres humanos fueran estúpidos y se dejaran determinar exclusivamente por la propaganda. A veces, Roca Barea parece creerlo. Y por eso hace la suya de forma descarada y asombrosamente burda» (115-116).

Imperiofobia, en definitiva, da alas al nuevo populismo orquestado por Steve Bannon, alimentado en Europa por las particularidades propias de cada nación. No extrañan, por eso, algunas de las afirmaciones de Roca Barea, en algunos casos sobrecogedoras, como las que hemos expuesto anteriormente y que Villacañas recopila en su magnífica réplica. ¿Qué podemos esperar de alguien como Roca Barea cuando clama que «el ser humano ha progresado a lo largo de la historia con su casta sacerdotal, y no contra ella o a pesar de ella» [382]? ¿O cuando habla del «magno drama cósmico» entre protestantes y católicos [343], afirmando con evidente partidismo ideológico que «La Iglesia de Roma no perdió nunca la esperanza de una reconciliación con sus ovejas descarriadas» [279]?

Si algo procede ahora es, como ha hecho el profesor Villacañas, desmontar con toda la fuerza de la argumentación racional las falacias que, tanto Roca Barea como autores ligados al círculo de Gustavo Bueno o a la Fundación para la Defensa de la Nación Española (impulsores del nuevo partido de extrema derecha española) pretenden hacer pasar como verdades históricas. Por eso, aplaudimos el espléndido trabajo de crítica llevado a cabo por el profesor Villacañas. Lo aplaudimos y, por supuesto, lo recomendamos como lectura fundamental en los tiempos que corren.

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