Los orígenes del cristianismo

Mosaico de Cristo como el Sol invicto o Apolo-Helios.
(Mausoleo M, Basílica de S. Pedro, Vaticano)

En las líneas que siguen, y apoyándonos en algunos de los más prestigiosos y acreditados investigadores,  abordaremos los orígenes del cristianismo desde una perspectiva histórica y crítica, la única forma que permite comprender seriamente cualquier fenómeno del pasado. Al respecto, no resultan extrañas las palabras de F. Bermejo Rubio en su introducción al reciente y extraordinario libro publicado el año pasado, La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía, leemos: «[...] la piadosa unción y la prosa ditirámbica con las que se escribe aún hoy sobre Jesús, así como el aura de absoluta singularidad que se le adscribe en obras cuyos autores se jactan de hacer historia rigurosa, no pueden sino suscitar perplejidad en todo lector de acumen crítico» (2018, 19-20).

De esta manera, y para empezar con buen tino una aproximación al cristianismo primitivo, habremos de matizar refiriéndonos a sus orígenes, en plural, ya que son varios los puntos de arranque a los que debe prestarse atención, como igualmente podríamos hablar de cristianismos, señalando los grupos que surgen en el siglo I (ebionitas, marcionitas, docetas, etc.) y que posteriormente serán derrotados por el triunfante ideario de Pablo de Tarso.

Junto a una introducción al marco histórico en el que se desarrollan los orígenes de la primitiva comunidad judeo-creyente (término más correcto que el de judeocristiano; judío era Jesús y judíos sus primeros seguidores), dividiremos el artículo en dos partes: una primera dedicada a analizar desde un punto de vista eminentemente histórico la figura de Jesús de Nazaret, y una segunda enfocada a la evolución ideológica que sufre su mensaje tras su muerte.


- I -

Israel y el judaísmo en el siglo I

Como primer paso, debemos viajar al territorio palestino de comienzos del siglo I, cuyas tierras se hallaban bajo la órbita de influencia romana. Desde una óptica histórica, entendiendo las circunstancias socioeconómicas y de pluralismo religioso que se daba en aquel entorno oriental, podremos comprender mejor la predicación de Jesús de Nazaret, sus ideas-base y la posterior evolución ideológica.

La región palestina de comienzos del siglo I mantenía un estatus semiindependiente bajo la expansión romana. En la época de Jesús de Nazaret, Israel estaba dirigido por la dinastía herodiana, vasalla de Roma. Tras la muerte en el año 4 a.n.e. de quien fue artífice del Segundo Templo jerosolimitano, Herodes el Grande, uno de sus hijos, Herodes Antipas, llevará hasta el año 39 los destinos de las regiones de Perea y Galilea; ésta última lugar de nacimiento de Jesús. Palestina constituía un espacio geográfico regido por una economía esencialmente agraria (Flavio Josefo, Cont. Apio., 1, 60).  Como indica S. Ben-Ami (Piñero: 1995, 26), su población (fuertemente dividida entre una minoría rica cercana al poder romano y una amplia masa empobrecida) tenía como fundamento de su vida social, política y religiosa el respeto y obediencia a la Ley (Torah), que no excluía diferentes interpretaciones. Consecuencia de esto último, fue el surgimiento de diversos grupos ideológicos dentro del judaísmo más practicante. Destacan los saduceos, agolpados en torno al Templo de Jerusalén, que se caracterizaban por su conservadurismo, su filiación a las clases altas y su amistad con Roma; los fariseos, defensores a ultranza de la Ley judía, abogaban por el enfrentamiento con los romanos aunque sin alcanzar un elevado grado de extremismo; los esenios, definidos, entre otros aspectos, por su peculiar vida comunitaria ajena al mundo urbano, a la propiedad privada o a la acumulación de riquezas; y los zelotas, cercanos al fariseísmo pero radicales en su idea de oponerse violentamente a Roma con el fin de propiciar la venida de Yahvé y la restauración teocrática del nuevo Israel.

El mesianismo era una cosmovisión sustancial que impregnaba la mentalidad de los hebreos durante esta época. El Imperio Romano era visto como el enemigo máximo de la nación elegida por Dios, cuyas promesas desvelaban el surgimiento de un mundo nuevo, el reino de Dios, que se creía muy próximo. Pese a la amplia autonomía que gozaron las instituciones judías, como el Sanedrín, la actitud brutal y arrogante de algunos procuradores romanos (Poncio Pilato, años 26-36, es un caso ejemplar) jugó un papel esencial en el aumento de la agitación popular en Palestina, cuya población anhelaba el fin de los tiempos. Con los años, fueron produciéndose una serie de rebeliones y enfrentamientos con el orden romano que terminarían desembocando en la Gran Revuelta de los años 66-70, cuando el emperador Tito culminaría la represión contra los rebeldes destruyendo el Templo de Jerusalén.

Es en este contexto mesiánico donde ha de situarse la figura histórica de Jesús de Nazaret, un judío más que anuncia la llegada inmediata del fin de los tiempos, del reino de Dios, prédica que no hace extensiva a los paganos o gentiles, sino «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15, 24), a quienes incumbe el arrepentimiento total y el cumplimiento absoluto de la Ley mosaica.

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¿Quién fue Jesús de Nazaret?

Ahora bien, ¿quién fue el Nazareno? A día de hoy, su existencia histórica no parece albergar dudas entre los máximos especialistas, sean o no creyentes. Sólo la minoritaria corriente del mitismo habla con claridad de Jesús como una figura ficticia (Bermejo Rubio: 2018, 65 ss; Piñero: 2011, 152 ss; Puente Ojea: 2008, 2;). Pese a todo, y aunque la mayoría de los investigadores afirmen su existencia histórica, es necesario recalcar que los datos verídicos que poseemos sobre su figura son francamente escasos. Por ello, y como afirma F. Bermejo Rubio, lo más sensato es apoyarse sobre una «reconstrucción responsable» que desemboque en un prudente minimalismo histórico (2018, 86).

Las fuentes primarias que mencionan a Jesús de Nazaret desde el punto de vista de la historiografía no cristiana despuntan por su laconismo (como Suetonio en su Vida de Claudio, 25, 4). La referencia de Flavio Josefo en sus Antigüedades Judías (XVIII, 63-64), redactado a finales del siglo I, con sus interpolaciones, considera a Jesús como uno más de los visionarios que abundaron en el Imperio Romano. Plinio el Joven (Ep. X 96) se refiere a los cristianos como seguidores de una «superstición depravada y desmedida» que veneraba al Nazareno como a un dios (quasi deo). Tácito, en sus Annales (XV, 44, 2-3) afirma que un tal Cristo «había sido ejecutado bajo Tiberio por el procurador Poncio Pilato», refiriéndose a sus seguidores como miembros de una «superstición abominable» (exitiabilis superstitio). Pocas novedades aportan otros autores, como Suetonio, Julio Africano o Luciano de Samosata. Los evangelios apócrifos, exceptuando quizá alguno como el Evangelio de Tomás o el Papiro Egerton 2 (Piñero: 2011, 166), por su elaboración tardía a partir del año 150 y lo evidente de su literatura inverosímil y legendaria, apenas nos ofrecen información valiosa respecto a la vida del Nazareno. Finalmente, desde la perspectiva de los anónimos evangelios canónicos (Marcos, el más antiguo, redactado en torno al año 70; la hipotética fuente «Q», conteniente del material común empleado por Mateo y Lucas; y Juan, el más tardío y alegórici, escrito cerca del año 110), las contradicciones y tendencias compositivas que muestran no pueden hacernos olvidar que estos escritos son «buenas noticias», testimonios de una fe determinada, obras, en fin, de «propaganda religiosa» cuya intención no es otra que «instilar o reforzar en sus lectores la convicción de que fue [Jesús] una figura salvadora» (Bermejo Rubio: 2018, 35; Piñero: 2011, 155). Por poner algún ejemplo respecto a las contradicciones que encontramos en los evangelios canónicos, véase el trato dado a determinados periodos de la vida de Jesús. Más allá de lo inverosímil y legendario de sus milagros, análogos a las historias contadas de otros personajes del mundo antiguo, constatamos que su genealogía o el lugar de nacimiento del Nazareno difieren en los diferentes textos (Mt 1,1-17; Lc 3,23-38), o que episodios de renombre narrados en Mateo, como la adoración de los magos, son desconocidos por Lucas. Si a ello sumamos los numerosos errores históricos que contienen sus páginas (el censo universal ordenado por Augusto en tiempos de Herodes el Grande o la inexistente matanza de los inocentes: Mt 2,1-18), podemos afirmar que los evangelios canónicos constituyen una fuente a la que habremos de acercarnos con no pocas dosis de escepticismo.

Papiro P52. Fragmentos del Evangelio de Juan, c. 125-160.
(Biblioteca John Rylands, Manchester, Reino Unido)

Así las cosas, ¿qué sabemos, pues, con certeza de la vida de Jesús de Nazaret? Que nació en esta localidad y no en Belén parece algo seguro (el cambio introducido con posterioridad induce a pensar que se escogió Belén por motivos teológicos, justificándose así las pretensiones mesiánicas del personaje acorde ciertos pasajes del Antiguo Testamento (AT) relacionados con el rey David: Mc 12,35-37). También parece claro que su nacimiento debió ocurrir antes de la muerte de Herodes el Grande (4 a.n.e.), fecha luego retrasada por Dionisio el Exiguo a mediados del siglo VI. Por supuesto, está suficiente demostrado que en lo que respecta a la fecha de nacimiento, el 25 de diciembre, se hizo coincidir en época tardía (siglo IV) con la festividad romana del Sol invictus, aludiendo al renacimiento solar en el marco del solsticio de invierno.

Nacido en una familia judía cuya lengua debió ser el arameo palestinense (aunque es seguro que Jesús comprendiera también el hebreo, lengua culta, desconocemos si conocía o no el griego, lengua internacional y de la administración), el Nazareno podría haber ejercido, a imitación de su padre Yosef, el oficio de carpintero (en cualquier caso, un artesano, téktōn). Sin duda habría asistido a la escuela y adquirido los conocimientos imprescindibles en lo relativo a las Escrituras. No se tienen noticias fiables de que fuera discípulo de Juan Bautista; aunque todo indica que sí, lo innegable es que parece haber recibido el bautizo por parte de este predicador, una figura, por cierto, asimismo mesiánica que animaba al pueblo judío a prepararse para el fin inminente de los tiempos, de ahí su parecida descripción con Jesús en ciertos pasajes de los evangelios canónicos (Mc 6,14-15; Lc 1,76; Jn 1,20).

En una Galilea rural, donde era notoria la ausencia de paganos, pronto comenzó el Nazareno a predicar por cuenta propia acompañado de un discreto grupo de doce discípulos (que representaban las doce tribus de Israel: Mc 3,13-19). Sin alejarse un ápice de la tradición judía, considerando la Ley y su cumplimiento como el único medio de salvación posible, Jesús vertebró el núcleo de su mensaje en torno a un acontecimiento inminente: el fin de los tiempos y la venida del reino de Dios. Un reino, sin embargo, del que el Nazareno no da detalles explícitos, dejando de lado su definición concreta. Esto nos llevaría a pensar que, en cierto modo, el reino de Dios se trataría de un ideal empleado con naturalidad por la comunidad hebrea a la que se dirige el Nazareno, un concepto que no resultaba novedoso en el marco histórico de su predicación (Lc 1,51-55). En resumidas cuentas, y no exento de contradicciones, el significado del reino de Dios vendría a ser el siguiente: los judíos (no los gentiles, llamados «perros» por Jesús: Mc 7,27; Mt 15,26) debían prepararse para la caída del Imperio Romano, de cuyas cenizas resurgiría un nuevo Israel en el que Dios repartiría justicia. La llegada del reino de Dios habría de ocurrir no tanto por el enfrentamiento directo y organizado contra Roma, sino por propia voluntad divina ante el arrepentimiento del pueblo judío. Aquellos que no aceptaran el mensaje (un mensaje profundamente nacionalista, tal y como se advierte de nuevo en Mt 10,5-6: «No toméis las rutas de los paganos ni entréis en poblados de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel») estarían irremediablemente perdidos y condenados.

Pese a que los Evangelios presentan a Jesús discutiendo airadamente con los fariseos, el celo con el que el Nazareno interpretaba la Ley y estas mismas disputas en el ámbito del grupo farisaico (como algo absolutamente normal en aquella época, los fariseos se caracterizaban por enfrentar ardorosamente sus ideas entre sí), hacen que podamos definir a Jesús precisamente como un fariseo radical. En cuanto a su mesianismo, no hay duda de que el Nazareno se consideró a sí mismo como un intermediario entre Dios y los hombres, un Hijo de Dios no en sentido físico, sino como mensajero divino que diera a conocer al pueblo hebreo el inminente fin de los tiempos y su esperada liberación político-religiosa. Sin embargo, no será sino a partir de la entrada triunfal en Jerusalén cuando Jesús se presente ante los judíos con pretensiones claramente mesiánicas (Mc 11).

Como puede intuirse, la prédica del Nazareno no tuvo éxito entre toda la población hebrea. Además, las ideas expuestas conllevaban ciertos riesgos para la estabilidad política de la región. No es de extrañar que el mismo Jesús fuera consciente del final que podría aguardarle si se le denunciaba como un rebelde político. La Última Cena ha de enmarcarse en este contexto: se trataría de un banquete simbólico con sus discípulos antes del fin de los tiempos (Mt 26,29) y no, en la posterior interpretación paulina, la «institución de un acto cultual conmemorativo» (Piñero: 2011, 215).

Una vez que el Nazareno es traicionado por Judas Iscariote, comienza el último capítulo de su vida: su arresto y posterior ejecución en la cruz. ¿Qué podemos decir de todo esto? J. Peláez nos recuerda que no fueron los romanos, sino los dirigentes judíos quienes iniciaron la acusación ante el Sanedrín (Mc 14,53-65; Piñero: 1995, 246 ss). Éstos consideraban al Nazareno un cabecilla de los zelotas, blasfemo y transgresor de ciertas normas incuestionables para el judaísmo más ortodoxo. Retratada por los Evangelios, esta condena por motivos religiosos fue simiente de un futuro y prolongado antijudaísmo que llega hasta nuestros días: la culpa de la crucifixión de Jesús de Nazaret no recae en Roma, sino en los hebreos.

No obstante, existe una segunda hipótesis más certera a la hora de valorar históricamente los motivos de la ejecución del Nazareno. El procurador Poncio Pilato no habría ordenado la crucifixión de Jesús por sus creencias religiosas (si Roma se caracterizaba por algo era por su tolerancia hacia los cultos extranjeros, el panteón romano estaba lleno de divinidades que iban adaptándose en el proceso de expansión imperial), sino que el mesianismo de Jesús habría servido de excusa a romanos y saduceos para señalar la actuación de un rebelde contra el orden establecido (Tácito, An. 15,44). El mensaje de Jesús, aun de manera indirecta, se consideraba potencialmente peligroso si calaba en la población y provocaba una revuelta popular de consecuencias impredecibles. Por tanto, su ejecución en torno a los años 28-30, vino dictada, lisa y llanamente, por motivos políticos, tal y como se refleja en la inscripción grabada en la cruz: «rey de los judíos» (Mc 15,26), que advertiría contra todo intento de sublevación dirigida a conseguir la independencia política del territorio hebreo respecto a Roma.



- II -

Paseamos ahora a realizar una breve síntesis que nos ayude a entender en qué consistió la tergiversación del mensaje predicado por el Nazareno. A partir de su muerte, el mensaje mesiánico, sustentado en la tradición judía y el respeto y obediencia a la Ley mosaica, verá su transformación no sólo por parte de sus inmediatos seguidores, sino, sobre todo, por la elaborada teología de Pablo de Tarso.

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Del Jesús de la historia al Cristo de la fe: claves de una evolución ideológica

Como fenómeno religioso sincrético y según las acertadas palabras de A. Piñero (1995, 10), el cristianismo sería un «enorme lago al que fueron a desembocar diversas corrientes». No sólo es palpable en esta nova religio la influencia del Antiguo Testamento, sino también la de ciertas religiones mistéricas (su propuesta de salvación se asemeja notablemente a la que ofrecía el culto a Mitra, por ejemplo), el gnosticismo, el dualismo platónico o la religión irania, que en su extensión por Grecia durante el Helenismo, dejó ciertas huellas perfectamente observables en el judaísmo, como el combate de dos Espíritus que se disputan el poder en el mundo. Asistimos así, como no podía ser de otra forma, a una asimilación y reelaboración de temas e ideas (el episodio de la adoración de los magos narrado en el Nuevo Testamento, por ejemplo, sería una reelaboración de la historia veterotestamentaria del adivino Balaán: Nm 22 ss) que afectan, inevitablemente, a todo fenómeno, en este caso religioso, que perdura en el tiempo. O para decirlo con palabras de G. Puente Ojea: cualquiera de los sistemas ideológicos que logran «prolongarse históricamente con un cierto grado de vigencia están sujetos a un continuo proceso de transformación en su contenido y en su función» (1976, 75). El cristianismo, como otros sistemas religiosos anteriores a él, no escapa a este hecho, y menos aún durante la época en que inicia su consolidación, desde comienzos del siglo I hasta el siglo III, periodo en que las enseñanzas filosóficas cumplían una función exegética, comentando e interpretando textos escritos (Trebolle: 2013, 127).

Si algo parece claro es que Jesús de Nazaret no pretendió fundar iglesia ni religión alguna. Para el Nazareno el fin del mundo era inminente: sólo cabía el arrepentimiento, aguardar la venida de Dios y ver restituida la justicia en un nuevo Israel. La muerte inesperada de Jesús echó por tierra las esperanzas mesiánicas de sus seguidores, momento en que la historia bien pudiera haberse olvidado para siempre del Nazareno y su prédica. Sin embargo, algo hará diferente a éste predicador de los otros muchos habidos hasta la fecha: la tergiversación de su mensaje judío y puramente mesiánico por otro en el que Jesús es renombrado como un Cristo celeste. Ya no se pone en el centro de atención el reino de Dios y la liberación político-religiosa de Israel, sino la creencia en un mesías resucitado que había muerto por los pecados de toda la humanidad. Ya no se requiere el enfrentamiento con Roma, sino la paz y amistad que harán posible el establecimiento progresivo de una iglesia cristiana que poco a poco tenderá a institucionalizarse in saecula saeculorum.

La transformación del mensaje del Nazareno puede ir apreciándose en los años posteriores a su muerte. Las comunidades primitivas que se formaron tras su crucifixión se dividieron en Jerusalén en dos ramas cuyos idearios pronto entrarían en conflicto. Por un lado, los judeo-creyentes o hebreos, que aunque ya participaban de un concepto mesiánico ajeno al judaísmo (un mesías ajusticiado que muere y luego resucita, convirtiéndose así el hombre en un ser cuasi divino), seguían enclavados aún en la tradición judía; su dirigente indiscutible hasta mediados o finales de los años 50 fue Santiago, llamado el Justo por sus prácticas piadosas. Por otro lado los helenistas, judíos de la Diáspora y de habla griega, críticos ya con la Ley judía y el Templo; su cabeza más visible era Esteban, quien inició una nueva interpretación del mensaje de Jesús, invocándolo como «Señor» (Kýrios) y considerando su figura como un ser de naturaleza divina que muere por los pecados de todos los seres humanos. Es de éste último grupo, expulsado de Jerusalén por las autoridades religiosas de la ciudad (Hch 8,1-2), de donde emerge la iglesia de Antioquía, primer gran salto en la ruptura con el judaísmo de la comunidad jerosolimitana, que se despoja de la ley mosaica y abre los brazos a la conversión de gentiles. Es aquí donde podemos empezar a hablar, con mayor rigor, del nacimiento del cristianismo, que en palabras de J. Peláez, «supone la superación de la humanidad en bloques antagónicos y el final del privilegio de Israel» (Piñero: 1995, 275). Y es aquí, además, donde entra en escena la figura excepcional de Pablo de Tarso, que si en un primer momento persiguió con dureza las ideas del círculo de Esteban, como él mismo confiesa (Flp 3,6; Gál 1,13) (aunque, ¿podría haberse tratado de otra iglesia y no la helenista de Jerusalén?: Piñero: 2015, 38 ss), terminaría siendo el mayor impulsor del nuevo Cristo de la fe.

Conforme a su «revelación de Jesucristo» (Gál 1,12), Pablo creía que su evangelio era el único verdadero (Gál 1,7). En sus epístolas, las siete auténticamente salidas de su pluma, apenas menciona ya el reino de Dios, y cuando lo hace (como en 1 Tes 2,12), su sentido ha variado tanto respecto al expresado por Jesús que ahora indica una perspectiva universalista completamente novedosa: el Nazareno murió para redimir a todos los hombres, sean judíos o gentiles, que acepten su buena nueva. La figura humana de Jesús se convierte en un ser divino que ofrece la salvación acorde los principios de las religiones mistéricas, tan en boga por aquellas fechas. Pablo elabora una teología que se articula, por un lado, sobre una antropología influenciada por el gnosticismo y el platonismo (el ser humano se divide en cuerpo, alma y espíritu, contraponiendo así al hombre terrenal con el espiritual capaz de comprender la auténtica sabiduría encerrada en el misterio de Cristo), y por otro lado, sobre un dualismo en el que se oponen la luz de Cristo y la oscuridad representada por Satanás (Piñero: 1995, 430 ss): el Bien terminará triunfando sobre un Mal no permanente.

Sintetizando lo máximo posible, podemos afirmar que el judaísmo de Jesús y su proclamación de la inminente llegada del reino de Dios a la tierra de Israel quedó en el olvido para dar paso al surgimiento de la idea de un Cristo universal, el cual muere para redimir a todos los hombres de sus pecados. La figura del Nazareno, rebelde contra el orden romano, nada tiene que ver con el Cristo pacífico, amoroso y bondadoso perfilado en los años sucesivos. No es descabellado señalar la cercanía de Jesús de Nazaret con el movimiento zelota, aquel que como ya indicamos más arriba, defendía la violencia abierta contra el Imperio Romano. No sólo refuerza esta afirmación el que entre los discípulos de Jesús se encontraran Simón el Zelota o Judas Iscariote (siendo quizá ho Iskariōtēs una corrupción morfológica de ho sikarios, identificándose así con el uso de la sicca, espada corta, por los zelotas: Puente Ojea: 2013, 26), sino que además, en los evangelios más antiguos de la tradición sinóptica, la fuente «Q» y Marcos, no aparece ninguna condena de la violencia, encontrándonos con escenas del tipo de la purificación del Templo (Mc 11,15-18) y afirmaciones que incitan a tomar por la fuerza el reino de Dios (Lc 16,16), así como las siguientes advertencias: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10,34), y «…el que no tenga [espada], que venda su manto y se compre una espada» (Lc 22,36).

Ahora bien, no hay que caer por ello en modas actuales que tienden a descontextualizar los textos antiguos calificando a Jesús de Nazaret como un revolucionario poco menos que precursor del socialismo. Nada más lejos de la realidad: Jesús nunca pretendió la reforma social, no le habrían interesado lo más mínimo los problemas sociales, políticos y económicos de su tiempo, porque éste era un tiempo condenado a extinguirse. De ahí que la ética proclamada por el Nazareno fuera una ética de urgencia, extrema, imposible de cumplir y por ello mismo enfocada a los últimos momentos previos a la llegada del reino de Dios (Piñero: 2011, 183; Puente Ojea: 2008, 54). La teocracia venidera invalidaba los pilares sociales sobre los que se sustentaba el orden romano, por eso Jesús predica contra la propiedad privada, el matrimonio o los vínculos familiares, contra las autoridades romanas, la gente adinerada o los judíos colaboracionistas; no por afán de reformas sociales, sino por la firme creencia en la proximidad del fin de los tiempos, tras los cuales, Dios habrá de repartir justicia y bienes materiales para todos.

La inminencia del reino de Dios, insistimos, es un punto clave a la hora de comprender todo el mensaje de Jesús, y aún más, de señalar porqué el Nazareno ni estableció sacramentos (la eucaristía y bautizo, por otro lado, pueden identificarse con el culto a Osiris del antiguo Egipto o las religiones mistéricas que pululaban por entonces en el Imperio Romano: Puente Ojea: 2013, 60) ni fundó ni pretendió fundar iglesia alguna, como puede intuirse a través de ciertos versículos de los evangelios sinópticos (Mt 26,29; Lc 22,18).

La noción de un mesías resucitado parece desconocida en la tradición judía. Los Apóstoles, por su firme monoteísmo, no podían creer que Jesús fuera un ser divino. Por ello, el mesianismo que escenifica un mensajero de Dios que sufre y muere en la cruz no encaja con las ideas propias del judaísmo de su época. Como escribe A. Piñero, un mesianismo «doliente, combinado con la función de juez final, no fue el del Jesús histórico, sino el concebido por sus seguidores tras su muerte» (Piñero: 2011, 213; Puente Ojea: 2008, 27).

Una vez que el Nazareno es condenado por Pilato, no sucediendo nada de lo previsto por Él y sus seguidores (la liberación político-religiosa de Israel y el fin del Imperio Romano), se hace necesario transformar el mensaje de rebelión total contra Roma por el de sumisión y aceptación del orden establecido. Este conformismo y defensa de la autoridad romana por parte de Pablo de Tarso, alcanzan su máxima expresión en la más importante y última de sus cartas llegada hasta nosotros, la Epístola a los Romanos, compuesta en Corinto hacia el año 58. En ella leemos: «Que todos se sometan a las autoridades establecidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que se resisten se están buscando ellos el castigo» (13,1-7; Piñero: 2015, 508 ss). Se advierte aquí un giro completo en la postura adoptada con respecto a la autoridad romana: Jesús proclamaba la rebelión, al menos la desobediencia; Pablo clama por la aceptación y defensa del orden constituido. ¿Existe cierto pragmatismo en esta epístola que muchos estudiosos consideran el testamento paulino? Lo cierto es que podría pensarse en la necesidad de organizar a los seguidores de Jesús de Nazaret ante un mundo amplio y abierto como es el imperio de Roma, donde el particularismo de Israel y las promesas de restauración teocrática en un ámbito puramente hebreo ya no parecen relevantes.

Efectivamente, pronto llegaría la institucionalización de la iglesia cristiana, a finales del siglo I, y no mucho después, a mediados de la segunda centuria, la creación del canon neotestamentario. Comienza así la consolidación del poder eclesiástico, el triunfo de la Iglesia que alcanzará una importancia indudable sobre todo a partir del emperador Teodosio, quien en el año 380 decreta el Edicto de Tesalónica, convirtiéndose el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano.


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Bibliografía

—BERMEJO RUBIO, F. (2018) La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía, Siglo XXI.
—PIÑERO, A. (2011) Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta.
—(2015) Guía para entender a Pablo de Tarso, Trotta,
—(2012) «Notas críticas a la presentación usual hoy del Reino de Dios según Jesús de Nazaret», ʼIlu. Revista de Ciencias de las Religiones (v. 17, pp. 119-147).
—PIÑERO, A. (ed.) (1995) Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, El Almendro.
—PUENTE OJEA, G. (1976) Ideología e Historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, Siglo XXI.
—(2008) La existencia histórica de Jesús en las fuentes cristianas y su contexto judío, Siglo XXI.
(2013) El mito de Cristo, Siglo XXI.
—TREBOLLE, J. (2013) La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Trotta.
Biblia de Jerusalén (Edición Manual) (2009), Desclée de Brouwer.

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