El descubrimiento de Lucrecio


La larga recta final del Imperio Romano de Occidente entre los siglos IV y finales del V, supuso un duro golpe contra las bibliotecas y centros de erudición de un mundo pagano cuyas luces menguaban a pasos agigantados. La implantación del cristianismo como religión oficial en época de Teodosio terminó no sólo con siglos de pluralismo religioso, sino, aún peor, con la destrucción de un inmenso legado literario grecorromano hoy reducido a un puñado de fragmentos y contadas obras completas (basta leer a Diógenes Laercio para lamentar la irremediable pérdida de tantos y tantos textos antiguos).

Sin embargo, y pese a la intransigencia de la nueva religión monoteísta, algunas obras de valor incalculable consiguieron salvarse gracias a la tarea de copia desinteresada que se llevó a cabo en los monasterios medievales del continente europeo. De cómo uno de aquellos manuscritos sobrevivió (el poema De rerum natura, de Lucrecio) y fue descubierto en el siglo XV por un humanista italiano, Poggio Bracciolini, trata el brillante estudio histórico-filosófico de Stephen Greenblatt: El Giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno (Crítica, 2014). Publicado y traducido al castellano hace ya unos años, animamos a leerlo (o releerlo) a todo aquel que esté interesado en la ligazón que se estableció entre "antiguos" y "modernos" (términos éstos siempre discutibles).

De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas) fue redactado hacia el 50 a.C., en pleno proceso de desintegración de la República Romana. Su autor, Tito Lucrecio Caro, fue un autoproclamado seguidor de la escuela epicúrea, y su poema (del que hoy en día existen varias traducciones al castellano, en prosa y verso) se erige como un bello canto contra la superstición, la guerra y el miedo a la muerte, así como un elogio del placer y la investigación crítica

Si el mundo grecorromano se caracterizó por el debate y la discusión en la plaza pública como mejor método para alcanzar la verdad (un ejemplo siempre claro son los diálogos platónicos o ciceronianos), el cristianismo y los padres de la Iglesia pusieron en marcha todo un sistema de dominación ideológica que chocaba profundamente con el carácter abierto de la filosofía antigua. Basta leer a Tertuliano en su Prescripción contra todas las herejías:

«Nuestros preceptos vienen del Pórtico de Salomón, que nos enseñó que había que buscar al Señor en la sencillez de corazón. Hay hasta los que han pretendido ofrecernos un cristianismo estoico, platónico y dialéctico. ¡Allá ellos! No necesitamos más curiosidad después de Cristo Jesús, ni ninguna otra investigación después del Evangelio. Cuando creemos, no deseamos nada aparte de creer. Pues nuestro primer artículo de fe es que no hay nada más que debamos creer» (Greenblatt: 2014, 243).

Estas palabras van acorde con una postura vital donde la fe ciega se sitúa por encima de todo razonamiento; no en vano, al propio Tertuliano se le atribuye la sentencia credo non quod sed quia absurdum est ("creo, no lo que, sino porque, es absurdo"). La Iglesia de la época consideraba la curiosidad como pecado mortal, de ahí que en la Regla de san Benito se lean disposiciones como esta: «No tenga allí [en el monasterio] nadie el atrevimiento de preguntar nada sobre la lectura misma o cualquier cosa, para no dar ocasión» (Op. cit., 32). Se entiende, para no dar ocasión... al diablo, es decir, al debate. De ahí que las copias realizadas por los monjes en los scriptoria de los monasterios medievales se hicieran sin la menor curiosidad por ver qué estaban transcribiendo: el interés por conocer qué se estaba copiando resultaba del todo irrelevante. Así, Greenblatt corrobora que «los altos muros que confinaban la vida mental de los monjes —la imposición de silencio, la prohibición de hacer preguntas, el castigo del debate con bofetadas o azotes— tenían por objeto afirmar sin ambages que esas comunidades piadosas eran todo lo contrario de las academias filosóficas de Grecia y Roma, lugares que habían florecido gracias al espíritu de contradicción y que habían cultivado una curiosidad incesante y vastísima» (Op. cit., 33).

En lo que atañe al epicureísmo, los polemistas de la nueva religión cristiana hicieron todo lo que estaba en sus manos por desvirtuar el legado del filósofo ateniense. Los judíos, igualmente, asumieron el término apikoros, epicúreo, como un descalificativo merecido por todo aquel que se apartara de la tradición rabínica. El rechazo de Epicuro a creer que los dioses paganos intervenían en la vida humana hizo que fuera inútil, a ojos cristianos, ridiculizar el panteón grecorromano; lo que correspondía era apuntar directamente al planteamiento base de su pensamiento, la búsqueda del placer como fin de la vida, y presentar, por un lado, a Epicuro como un personaje libertino, y por otro, sacralizar el dolor y el sufrimiento demonizando el placer material.

Mediante la certeza de un cristianismo construido sobre el dolor y el sufrimiento, escenificado en la pasión de Cristo y afirmando sin ambages el carácter pecador de la humanidad, no resultó complicado presentar el placer como algo negativo y peligroso. El benedictino Pedro Damián, por ejemplo, explicó que

«...el cuerpo debe ser tallado como si fuera un leño, con golpes y latigazos, con varas, azotes y disciplinas. El cuerpo tiene que ser torturado y obligado a pasar hambre, para que se someta al espíritu y adopte una forma perfecta» (Op. cit., 98).

Una concepción radicalmente opuesta al sentir pagano que Lucrecio expuso en su obra: que la naturaleza está hecha de partículas elementales de materia; que el hombre no ocupa un lugar privilegiado respecto al resto de seres animados; que el universo no tiene un creador, siendo la Providencia una fantasía; que los temores a los premios o castigos después de la muerte son infundados, puesto que la consciencia se detiene al morir; que las religiones organizadas son producto de la ignorancia, y que los fenómenos naturales pueden explicarse mediante una adecuada investigación científica; que el fin supremo de la vida es la reducción del dolor y la potenciación del placer, siendo el mayor obstáculo para la serenidad las ilusiones y el fantasear con alcanzar algo que está por encima de nuestras posibilidades.

Retrato de Poggio Bracciolini en su obra De varietate fortunae

No sabemos el impacto que produciría en Poggio Bracciolini la primera lectura de este poema tan alejado del entramado ideológico predominante en su época. Lo que sí sabemos es que Poggio pertenecía a ese grupo de primeros humanistas preocupados por rescatar el valor literario y filosófico oculto en las bibliotecas monásticas. Poggio no veía con buenos ojos la vida monástica ni se identificaba con el aparato ideológico que la nueva religión cristiana puso en marcha desde el siglo IV. Sin embargo, no le quedó más remedio que condescender y hacer acto de piedad con el fin de que le dejaran entrar en la biblioteca de la abadía alemana de Fulda, probablemente el lugar donde encontró, aquel año de 1417, el poema de Lucrecio en una copia del siglo IX. Poggio, acompañado de un amanuense, y consciente del descubrimiento que acaba de hacer, no dudó en solicitar que se realizara una transcripción del poema pagano con el fin de enviarlo rápidamente a su amigo florentino Niccolò Niccoli, quien llevó a cabo, en una bellísima letra humanista, la versión que habría de servir de fuente para todas las impresiones hasta comienzos del siglo XVI y que hoy se guarda en la Biblioteca Laurentiana de los Medici [Codex Laurentianus, 35.30].

La influencia del poema de Lucrecio a partir de entonces fue enorme. A pesar de la prohibición de su lectura en las escuelas por el Sínodo de Florencia en 1516, la imprenta ya había difundido varias ediciones por distintas naciones europeas. Mientras Savonarola arremetía contra los atomistas y las hogueras prendían en Florencia, Maquiavelo copiaba en silencio y para uso propio la obra del poeta romano. En España, la Inquisición no logró evitar la llegada del libro: Alonso de Olivera, Quevedo o Rodrigo Caro se cuentan entre los que poseyeron copias del De rerum natura. En Francia, Montaigne colmaría las páginas de sus Ensayos con citas de Lucrecio. Y por supuesto, es indudable la influencia atomista en los ingleses Francis Bacon o Thomas Hobbes. Giordano Bruno, Gassendi, Molière, Spinoza, Newton y los ilustrados radicales de los siglos XVII y XVIII son sólo algunos en quien los versos del poeta romano hicieron mella a la hora de exponer sus novedosos pensamientos.

Copia del De rerum natura por Niccolò Niccoli, página final con el Explicit y una nota para el lector: Lege feliciter, "Léelo a gusto"

Acabado el Antiguo Régimen, y suplantada por tanto la sociedad estamental en favor de una organización de ciudadanos libres e iguales (al menos en teoría), Thomas Jefferson guardó en su biblioteca por lo menos hasta cinco ediciones latinas de la obra de Lucrecio, además de traducciones al inglés, al italiano y al francés. «Yo soy un epicúreo», escribió el tercer presidente de Estados Unidos a un corresponsal: Lucrecio confirmaba así «su convicción de que el mundo es únicamente la naturaleza y de que la naturaleza está compuesta sólo de materia» (Op. cit., 225).

Comentarios